Experto En Sexo?

Mientras estaba al frente de un salón lleno de rostros asiáticos, supe cuán «americano» me veía frente a ellos. Estos individuos, la mayoría hombres de negocios cristianos, se habían reunido en un club de campo de Hong Kong para escucharme hablar. El caballero que me presentó expresó varios halagos, los cuales me hicieron sentir un
poco incómodo. Luego arrojó la bomba:
«Caballeros, quiero que sepan que el Dr. Roberts es un experto en el ámbito de la sexualidad humana, así que siéntanse en libertad de hacerle cualquier pregunta que tengan sobre este tema».
Mi pensamiento inicial fue: ¡Gracias, Dios, que mi esposa no está aquí para refutar esta declaración!
Antes de comenzar a hablar, dediqué un momento a maravillarme de cuán radical había sido el cambio en mi vida. Mi última visita al Lejano Oriente había sido como piloto de guerra del cuerpo de infantería de los Estados Unidos, tratando de mantenerme vivo en medio del cielo de Vietnam. Después de un particular día infernal —durante el cual había «interceptado» algunos de los disparos del enemigo en un controlador de aire delantero me di cuenta del giro desenfrenado que había dado mi vida.
Nunca había sido un asiduo asistente a la iglesia, pero mi esposa judía, nacida de nuevo, no me había dado por perdido. Aquella noche mientras estaba sentado, medio borracho, leyendo su última carta y revisando un libro que ella me había enviado, me encontré haciendo una oración. «Jesús, la verdad es que no sé quién eres y no soy bueno para estas cosas de iglesia», admití, «pero mi vida se ha descontrolado por completo. ¡Así que si estás ahí alístame en tus filas!»
Nada milagrosamente visible sucedió. No hubo relámpagos ni ángeles volando, sino que de alguna manera supe que mi vida había cambiado.
Cuando regresé a los Estados Unidos seguía resistiéndome a ir a la iglesia. La gente de la iglesia no hablaba mucho sobre cosas como los apuros a los que tenía que enfrentarme en las fuerzas armadas. Un día, sin embargo, mi esposa Diane me convenció para asistir a un estudio bíblico con ella. Pensé que ya que había hecho un compromiso con Cristo, de alguna manera tendría que aprender algo de la Biblia.
Usted puede imaginarse mi consternación cuando entré con Diane al salón y no había ni un hombre a la vista. Ahora bien, no me malinterprete; eran unas simpáticas damas, pero en ese momento yo era un oficial de la armada, y mi idea de la diversión no era estar sentado en una reunión de mujeres aunque tratara sobre la Biblia.
La reunión parecía interminable, pero al fin sentí que la líder estaba llegando al cierre. Yo estaba haciendo planes para emprender una rápida retirada cuando me miró directamente y me dijo: «Señor, ¿nos dirigiría en una oración para finalizar?»
Me agarraron desprevenido… ¡nunca había orado en público en mi vida! Toda mi vida de oración había consistido en esos momentos en el aire cuando las horas de aburrimiento eran interrumpidas por un absoluto terror, y clamaba: «¡Dios ayúdame!»
Todos en el salón inclinaron sus cabezas, y sentí que era el momento de orar. Así que lancé mi mejor tiro: «Señor, haz con nosotros lo que te dé la real gana, estamos listos».
Eso fue todo… corto y conciso. La reacción en el salón no fue así de concisa, más bien quedaron presa de una aturdida incredulidad. Pero la líder del estudio no era ninguna neófita. Se inclinó hacia mí y comentó: «Esta es la primera vez que usted ora en público, ¿verdad?» Me asombré de cómo pudo ser tan perceptiva. Luego agregó: «¿Desearía saber cuál es la oración que Dios siempre responde?»
«Seguro», contesté.
«Entonces simplemente pregúntele a Dios si hay algo en su vida que él quiere cambiar». Pensé que aquello sonaba como una gran oración, en especial porque pensaba que no había nada que él quisiera cambiar en mí en ese momento y allí. En realidad, pensaba que estaba bastante bien.
Aquella era, de verdad, mi actitud en ese momento: no tenía que hacer ningún cambio importante. Sin embargo, durante el próximo año, descubrí una cantidad de cosas preocupantes sobre mí. Para comenzar, era un alcohólico. Pero aquella era simplemente la lucha en la superficie de mi vida. A un nivel mucho más profundo era un adicto a la pornografía.
En efecto, mi vida estaba perdiendo el control. Mirando atrás, a ese tiempo, puedo ver que el control era mi gran problema… y precisamente la razón por la cual siempre estaba a punto de estallar de ira. Había caído en las redes de adicción sexual. Me creía un experto en sexo, pero en realidad era un esclavo sexual.
Amigo hay esperanza. Si Dios lo hizo conmigo lo hará sin duda contigo. Te traerá libertad. Sigue visitando este sitio y te seguiré dando muestras del amor liberador de Dios para tu vida.

 

Dr. Ted Roberts.
Deseo Ser Puro
MInisterio Internacional Deseo Puro

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